Skip to main content

Pedro Alfonso Alatorre y el Banana Bowl juvenil

Pedro Alfonso Alatorre Damy
agosto 28, 2026

Recuerdo el calor húmedo de Marília antes de recordar el marcador. Eso dice algo del Banana Bowl: uno llega pensando en el cuadro, en el rival, en el ranking ITF que se mueve como marea, y termina llevándose algo distinto a casa. Yo llegué ahí siendo un juvenil mexicano más entre decenas de sudamericanos, europeos con apellidos difíciles de pronunciar y brasileños que jugaban como si el polvo de ladrillo les perteneciera por derecho de nacimiento. Y en cierto sentido, así era.

El Banana Bowl no es solo un torneo del circuito ITF juvenil. Es un rito de paso. Ahí compitieron nombres que luego uno reconoce años después en transmisiones de Grand Slam, y ahí compitió también un servidor, en una etapa de mi trayectoria que —como la de tantos— tuvo pausa, silencio, y después reinicio en el circuito de veteranos. Esa vuelta, con más años y menos ilusiones ingenuas, me hizo entender retroactivamente lo que el Banana Bowl realmente enseña.

Lo que se aprende perdiendo en polvo de ladrillo

En Barranquilla, meses antes o después según la temporada, el circuito sudamericano ofrecía otra variable: calor costero, viento que desviaba las bolas altas, públicos pequeños pero conocedores. Entre Barranquilla y Marília uno armaba un mapa mental de cómo jugar tenis fuera de casa, lejos de las canchas rápidas mexicanas a las que estábamos acostumbrados.

La lección central no era técnica, aunque la técnica importaba. Era psicológica: aprender a perder partidos ajustados contra jugadores que un año después desaparecían del ranking y otro año después aparecían en el top 100 mundial. El Banana Bowl igualaba a todos en la incertidumbre. Nadie sabía todavía quién iba a ser quién.

El polvo de ladrillo como maestro de paciencia

La superficie lenta de gran parte de esos torneos sudamericanos obligaba a construir el punto. No había atajos. Los jugadores mexicanos que veníamos de canchas duras rápidas teníamos que reprogramar el reloj interno: más pelotas, más paciencia, más tolerancia al desgaste físico y mental. Ese ajuste, incómodo al principio, terminó siendo de los aprendizajes más duraderos de mi paso por el circuito juvenil.

Contemporáneos, referencias, un circuito compartido

En esa época el tenis mexicano tenía nombres que servían de referencia obligada. Se hablaba con respeto de trayectorias como la de Herrera, de la presencia constante de jugadores franceses como Pruvost en el circuito ITF, y de un circuito mexicano que, con recursos limitados frente a las potencias europeas, producía jugadores competitivos gracias pura y llanamente al trabajo diario en canchas de club, muchas veces sin el respaldo logístico que hoy sí existe para las nuevas generaciones.

No pretendo reescribir esa historia ni exagerar cercanías que no viví con precisión de detalle. Lo que sí puedo decir, con la prudencia que exige el tiempo transcurrido, es que competir en ese entorno —torneos ITF juveniles en Brasil, Colombia, y el circuito mexicano de fondo— fue formativo de un modo que solo se aprecia después, cuando uno vuelve a la cancha en la categoría de veteranos y descubre que el cuerpo cambió pero los reflejos tácticos permanecen.

Cinco tips que el Banana Bowl me dejó (y que aplico hoy en veteranos)

Volver a competir después de una pausa larga obliga a rescatar lo útil y desechar lo anecdótico. Esto es lo que realmente sobrevivió:

  • Jugar el punto, no el marcador. En superficies lentas como las del circuito sudamericano, obsesionarse con el score rompe la concentración necesaria para construir cada punto pelota por pelota. El por qué: el polvo de ladrillo castiga la impaciencia con errores no forzados
  • Adaptar el grip y la trayectoria según el rebote. Canchas distintas, rebotes distintos. Lo aprendí viajando entre Marília y Barranquilla en semanas seguidas. El por qué: un mismo golpe necesita ajustes de altura y efecto según humedad y velocidad de la superficie
  • Hidratación y termorregulación como parte del entrenamiento, no como improvisación. El calor de Brasil y el de la costa colombiana no perdonan. El por qué: el rendimiento técnico se desploma antes que la fuerza física si el cuerpo no está preparado térmicamente
  • Aceptar la derrota como dato, no como sentencia. Perder contra un juvenil desconocido que después haría carrera profesional enseñaba a no sobredimensionar un resultado aislado. El por qué: el ranking juvenil es volátil; el desarrollo real se mide en años, no en torneos sueltos
  • Registrar mentalmente cada viaje como parte del entrenamiento competitivo. Los traslados, las esperas en aeropuertos, los cambios de huso horario, formaban parte tanto del torneo como el partido mismo. El por qué: la logística del circuito ITF es, en sí misma, una prueba de temple competitivo.

La vuelta al circuito de veteranos: mismo juego, otra mirada

Cuando retomé la competencia años después, en la categoría de veteranos, noté que estos aprendizajes del Banana Bowl y del circuito sudamericano no habían caducado. Cambió el ritmo de las piernas, cambió la ambición del resultado, pero la estructura mental de “jugar el punto, no el marcador” seguía siendo la diferencia entre un partido bien administrado y uno perdido por ansiedad.

El tenis de veteranos tiene su propia lógica: menos margen físico, más inteligencia táctica exigida. Y ahí, paradójicamente, las lecciones de un juvenil de 16 o 17 años compitiendo en polvo de ladrillo brasileño resultan más vigentes que nunca. La paciencia que entonces era una virtud táctica se volvió, con los años, una necesidad biomecánica.

Historia viva, no nostalgia vacía

Contar esto no busca inflar una trayectoria ni competir en relevancia con quienes sí llegaron a rankings profesionales altos. Busca, más bien, documentar con honestidad una etapa formativa del tenis mexicano juvenil que muchas veces queda en la sombra frente a las historias de quienes “llegaron”. El circuito ITF junior —Banana Bowl, Barranquilla, y tantos otros torneos sudamericanos— fue y sigue siendo una escuela dura, generosa en aprendizajes aunque escasa en reflectores.

Quienes hoy están empezando ese mismo camino, viajando entre torneos ITF con maletas cargadas de raquetas y ansiedad juvenil, deberían saber que el resultado del torneo importa menos de lo que el marcador sugiere. Lo que realmente se construye ahí es el jugador —y la persona— que uno será una década después, en una cancha de veteranos, recordando el calor de Marília antes que el marcador.

Si esta historia te resuena y quieres profundizar en cómo el tenis competitivo se entrelaza con el bienestar físico necesario para sostener una carrera —juvenil o de veteranos— puedes visitar alfonsoalatorredamy.com. Y si el gusto por los torneos incluye también el gusto por viajar, alatorredamy.com documenta esa otra cara del circuito: la de moverse de ciudad en ciudad con una raqueta como equipaje prioritario.

Visita mi página principal

Y conoce todo mi camino.