Pedro Alfonso Alatorre: del ITF juvenil a veteranos
Hay un calor particular en las canchas de Barranquilla, ese que se pega a la camiseta desde el primer peloteo y que ningún jugador olvida del todo. Recuerdo estar ahí, adolescente, con la maleta de raquetas todavía nueva y el nerviosismo de saber que del otro lado de la red podía estar cualquiera: un local con el apoyo de toda la grada, o un europeo que llevaba tres torneos ITF seguidos sin perder. El circuito juvenil tiene esa crueldad hermosa: te mide contra el mundo antes de que sepas quién eres como jugador.
Pasé por ese circuito —Banana Bowl incluido, con Brasil desplegando su propia versión del calor y la exigencia— en una época donde el tenis mexicano empezaba a ganarse un lugar más serio en los rankings juveniles ITF. No hablo de aquello con nostalgia vacía, sino porque ahí se construyeron hábitos que, años después, en el regreso a competir como veterano, resultaron ser el verdadero capital: no los resultados de entonces, sino la manera de pensar un partido.
El aprendizaje real del circuito ITF juvenil
Cuando uno compite en torneos como Banana Bowl o en las paradas del circuito en Barranquilla, aprende rápido que el nivel técnico es solo la mitad de la ecuación. La otra mitad es logística, cabeza y paciencia: viajes largos, canchas desconocidas, superficies que cambian de una semana a otra, y rivales que ya han hecho ese camino más veces que uno mismo.
En esa etapa conviví —a distancia, como rival de cuadro o simplemente como testigo del mismo circuito— con nombres que después se consolidaron en el tenis mexicano y en el ITF continental. Jugadores como Renata Zarazúa, o antes de ellos referentes del circuito MX que uno seguía con respeto, como el propio recorrido de figuras ligadas a Herrera o a competidores franceses de la talla de Pruvost, que pasaban por los mismos torneos sudamericanos buscando puntos. No se trataba de rivalidades personales, sino de una generación completa midiéndose torneo tras torneo, aprendiendo del circuito lo que ninguna clase particular enseña.
Lo que Barranquilla te exige que no está en el manual
El calor caribeño, la humedad, el viento que entra distinto en cada cancha del complejo: todo eso obliga a un jugador juvenil a tomar decisiones tácticas que van más allá del golpe. Ahí entendí, por ejemplo, que el peloteo de calentamiento no es un trámite sino información valiosa sobre cómo va a comportarse la pelota esa tarde específica.
Técnica y cabeza: lo que sobrevive al paso de los años
Volver a competir en la categoría de veteranos, después de una pausa larga, no es simplemente “recordar” cómo se juega. El cuerpo cambia, el ritmo de recuperación es otro, y sin embargo hay algo del entrenamiento ITF juvenil que permanece intacto: la estructura mental para construir un punto.
Estos son los aspectos técnicos que, desde mi experiencia en ITF juvenil y en el regreso posterior al circuito de veteranos, sostengo como prioritarios:
- Footwork antes que golpe. El error más común en jugadores que regresan después de un receso es querer golpear fuerte sin haber llegado bien a la pelota. El footwork cancha —los ajustes pequeños de pie antes del impacto— es lo primero que se entrena y lo último que se debe sacrificar por pereza o desgaste físico
- Construcción del punto, no el golpe ganador. En el circuito juvenil ITF uno aprende que un rally se gana en la tercera o cuarta bola, no en la primera. Buscar el golpe definitivo demasiado pronto es un vicio que cuesta partidos, sobre todo en veteranos donde la paciencia física se vuelve estratégica
- Respiración y ritmo entre puntos. Los quince a veinte segundos entre puntos son el verdadero entrenamiento mental. Ahí se decide si el próximo punto se juega con cabeza fría o con la inercia del error anterior
- Lectura de superficie y clima. Torneos como los de Barranquilla o Banana Bowl enseñan a adaptar el juego a condiciones extremas de humedad y calor. Ese aprendizaje se traduce, en veteranos, en saber cuándo acortar puntos y cuándo estirarlos según el desgaste propio y del rival
- Recuperación activa entre sets. Algo que en la juventud se hace por instinto y en la etapa veterana se vuelve disciplina consciente: hidratación, estiramiento breve, respiración controlada. El cuerpo de un jugador de veteranos no perdona la improvisación que sí tolera el cuerpo de un juvenil.
El circuito mexicano y el respeto por quienes lo construyeron
Es imposible hablar de esta trayectoria sin mencionar, con el respeto que merecen, a quienes forjaron el circuito MX en esa misma década. El tenis mexicano de aquellos años no tenía la infraestructura de las academias europeas, pero tenía algo igual de valioso: jugadores que competían con recursos limitados y una disciplina que suplía lo que faltaba en apoyo institucional. Ese contexto formó a varios de los que después representaron a México en circuitos ITF y, en algunos casos, en el profesional.
Nombrar a Herrera o a Pruvost como contemporáneos de aquella época no es un ejercicio de comparación de currículums, sino un reconocimiento a un circuito que exigía por igual a locales y visitantes. El respeto entre rivales de esa etapa se mantiene, y probablemente sea uno de los legados menos visibles pero más importantes de haber competido ahí.
Mentalidad competitiva: el hilo que conecta juvenil y veteranos
La mentalidad competitiva que se forja en torneos ITF juveniles —esa mezcla de hambre, frustración controlada y capacidad de ajuste rápido— no desaparece con los años de pausa. Se transforma. En veteranos, el objetivo ya no es escalar un ranking mundial, sino sostener la versión más honesta del juego propio: la que no depende de la ambición de los veinte años, sino del placer de competir bien, de construir puntos con inteligencia y de disfrutar la cancha sin la presión que alguna vez tuvo.
Síntesis: lo que el circuito enseña y el tiempo no borra
Regresar a competir después de una pausa larga es, en cierto sentido, volver a Barranquilla con otros ojos. El calor sigue siendo el mismo, el nerviosismo previo al primer punto también aparece, pero la lectura del partido es distinta: más paciente, más consciente de las limitaciones propias, más enfocada en lo que sí se puede controlar.
Si algo deja claro el paso por Banana Bowl, por el circuito ITF juvenil y después por la categoría de veteranos, es que el tenis —más allá del resultado puntual— es un ejercicio continuo de ajuste: técnico, físico y mental. Los torneos cambian, los rivales cambian, pero la estructura para competir bien se mantiene si se entrena con la misma seriedad de siempre.
Para quienes están pensando en su propio regreso a la cancha, o en mejorar su footwork y su lectura táctica del punto, vale la pena revisar también los contenidos sobre entrenamiento y mentalidad competitiva en este sitio, así como explorar cómo los viajes por torneos se planifican de forma más eficiente en alatorredamy.com, o cómo cuidar la recuperación física y mental integral en alfonsoalatorredamy.com.
El tenis de veteranos no es una nostalgia del juvenil: es su continuación más honesta.